Juan Carlos espera en su camión a que den las cinco de la mañana para emprender el viaje. Para él es un viaje de rutina que debe hacer de Tehuacán a Oaxaca. Sabe que salir es el riesgo y es por eso que en la empresa establecieron no viajar antes de esa hora.
Apenas una hora después, este operador nota que la carretera luce muy sola. Inusualmente intransitada para la hora, pero igual sigue avanzando hasta que, metros más adelante, una luz de láser le llega de frente.
En efecto, ahí hay dos camionetas atravesadas cerrándole el paso y que en ningún momento dejan de apuntarle. No desacelera y su instinto es aventarles el tracto.
No es la mejor idea, pues de inmediato retumban los impactos de bala, uno tras otro, todos al vehículo. De hecho, uno de los disparos entra pocos centímetros arriba del parabrisas, apenas centímetros por encima de su cabeza.
También por instinto alcanza a cambiar de carril, pero la maniobra, tan repentina, hace que el camión se voltee a un lado de la carretera; no iba tan rápido, así que el golpe no es mayor.
Una vez más, las pulsiones de vida lo levantan y lo sacan de la cabina, aún confundido, espantado y lastimado. Al salir, recuerda que le habían disparado, así que se echa a correr hacia la maleza. Todavía está oscuro.
Entre la adrenalina, el miedo y la penumbra, Juan Carlos recorre su cuerpo con la mente, para ver o descartar si está lastimado. Nada. Sigue corriendo hasta que se aleja lo suficiente para echar un vistazo. Logra ver que alrededor de su camión hay hombres armados, y un poco más allá, otros dos acercando un tracto para remolcar la caja.
Desde allá escucha que alguno da indicaciones de “peinar” la zona hasta la barranca para encontrar el cuerpo, pues seguro piensan que de tantos balazos alguno le había dado. Lo único que hace este operador muerto de miedo es esconderse lo mejor posible, por al menos tres horas.
Ni una patrulla, ni una ambulancia, nada. Los delincuentes tuvieron todo el tiempo para llevarse el remolque y vaciar el tractocamión, hasta el último documento, la cartera y el teléfono del conductor, a quien no encontraron y quizá por eso se pusieron nerviosos.
Aunque antes también les dio tiempo de asaltar a otro tractocamión, exactamente con el mismo modus operandi, sólo que a éste sí lo detuvieron y le robaron el ganado que transportaba.
Ya entrada la mañana, al fin, pudo ponerse en contacto con uno de sus dos hermanos, socios de la empresa, y le contó lo que le había pasado, que de milagro había sobrevivido.
La empresa está fincada en Jalisco, pero ellos son originarios de un poblado en Puebla, cerca de donde ocurrió el asalto. Se movieron, denunciaron y hasta en el 911 les dijeron que sólo el dueño del vehículo podía hacer el trámite.
No lograron mucho, hasta que alguien les avisó que habían visto el remolque justo en la región donde los tres socios tienen amigos y familiares, a quienes les contaron lo que había sucedido y fue así que armaron un plan para recuperarlo.
Se juntaron, muchos, y fueron por él, hasta con machetes. Los delincuentes ya no hicieron nada, pues el remolque ya estaba vacío y desvalijado, de tal manera que no opusieron resistencia y más bien brillaron por su ausencia, justo como las patrullas en aquel tramo carretero donde se volteó el camión.
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De hecho los pobladores del lugar seguido son víctimas de las mismas bandas, pues les roban sus mercancías, sus vehículos y en algunas ocasiones hasta secuestran a los conductores, y fue por eso que ahora, hartos de la impunidad, decidieron unir esfuerzos y reclamar lo que les corresponde.
Por fortuna el que cuenta esta historia está vivo y sano. El tractocamión sufrió algunos desperfectos por los impactos y el remolque, desvalijado, también fue recuperado. De los males, el menor, se suele decir.
Gritan justicia y seguridad, reclaman que las autoridades federales, estatales y municipales hagan su trabajo y, mientras, seguirán, al igual que nosotros, Al Lado del Camino.
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