Las luces de la caseta de cobro de San Luis Potosí quedaron atrás. Se van disolviendo en el espejo retrovisor. Frente al parabrisas del tractocamión se abre la Carretera Federal 57, una cinta de asfalto negro que se estira hacia el norte, devorando la distancia en dirección a Nuevo Laredo.

Héctor aprieta el volante con ambas manos. Sus nudillos, blanqueados por la tensión, reflejan la luz tenue del tablero digital que marca las 2:40 AM. En la cabina, el zumbido del motor es un ronroneo constante, un pulso mecánico que en otros tiempos le habría dado paz. Pero esa noche, el motor no logra apagar el ruido que llevaba dentro. Al contrario.

No se siente bien. Le duele el pecho, una opresión sorda que no cede ni con las bocanadas de aire frío que entran por la ventanilla entreabierta. El café de la última parada se le había asentado en el estómago como un bloque de plomo.

Sabe, recuerda, no ha dejado de pensar en esto durante todo un año. Fue en un tramo similar a este, plano y engañoso. La investigación pericial, los testigos, el ajustador de la aseguradora y el dictamen de la fiscalía lo habían repetido hasta el cansancio: “no fue su culpa”.

“El automóvil compacto invadió el carril a exceso de velocidad; usted hizo todo lo mecánicamente posible por frenar”. Los papeles archivados en la oficina de la empresa decían que Héctor estaba limpio. Las leyes del hombre lo habían absuelto.

Pero la memoria no entiende de peritajes. Cada vez que el camión cruzaba una zona de sombras, Héctor volvía a escuchar el estruendo seco del impacto, el chirrido espantoso del metal retorciéndose bajo las toneladas de su remolque y, sobre todo, ese silencio espeso y terrible que inundó la carretera los segundos posteriores al choque. 

Una vida se había apagado ahí mismo, sobre el pavimento húmedo, y aunque el destino hubiera tirado los dados, fueron las ruedas de su camión las que detuvieron el juego.

—No fue tu culpa —se dijo a sí mismo en voz alta, su propia voz sonando extraña y frágil dentro de la cabina—. No fue tu culpa, Héctor.

El eco de sus palabras en la memoria se va de inmediato. Mira de reojo la litera vacía del camarote. Viajar solo se había vuelto una condena. Cuando el cansancio arreciaba, la culpa se sentaba a su lado en el asiento del copiloto, implacable, recordando el rostro borroso de alguien a quien nunca conoció, pero a quien sentía atado a su historia para siempre.

Los señalamientos viales pasaban como fantasmas pálidos bajo los faros de alta descarga: Matehuala, Saltillo, Monterrey… ciudades que se convertían en meras referencias geográficas de su huida. 

El camión avanza con una precisión matemática, manteniéndose fiel a la línea blanca, pero Héctor siente que él mismo se va desvaneciendo con cada kilómetro. Cada luz que viene de frente, cada silueta que se asoma a la orilla del camino le acelera el pulso, disparando una descarga de adrenalina que le pone las manos temblorosas.

Cargar con veintiséis toneladas de mercancía hacia la frontera es fácil, pero lo verdaderamente pesado, lo que le dobla la espalda y le llena los ojos de un cansancio viejo y amargo, es el peso invisible que lleva en el alma.

El horizonte comienza a teñirse de un azul pálido y frío, anunciando la madrugada del norte de México. Héctor ve a lo lejos el letrero que anuncia la proximidad de las llanuras de Nuevo Laredo. 

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La ruta terminará pronto, los papeles serán firmados y el camión apagará su marcha. Sin embargo, Héctor sabe bien que, al bajar de la cabina, el peso de aquel segundo trágico seguirá viajando con él, esperando el próximo viaje, la próxima noche de asfalto, donde la carretera vuelve a cobrar el peaje del recuerdo.

Aún no lo sabe, pero antes del próximo viaje, entre su familia, sus compañeros y el dueño de la empresa lo convencerán de tomar terapia psicológica. Lejos está de sentirse bien, pero será la única forma de que pueda seguir, igual que nosotros, Al Lado del Camino. 

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