Para ganarse el derecho de subir al estribo de un camión, la mayoría de los traileros empieza lavando rines, pasando llaves en el taller o aguantando desveladas en el trajín del oficio. Sergio González, en cambio, tuvo que ganárselo tocando la campana en el altar.
Su padre, operador de la vieja guardia, le puso una condición innegociable cuando apenas tenía ocho años: si quería acompañarlo en el viaje de fin de semana, primero tenía que cumplir con la parroquia de su colonia como monaguillo.
«Si no le sirves a Dios, no te subes al camión”, le decía su padre.
Y con tal de escuchar el freno de motor y ver la carretera abierta desde lo alto del camarote, se ponía el traje de monaguillo todos los domingos a las ocho de la mañana, en la misa de niños.
Sergio era un niño inquieto, de los que escondían las canicas en los bolsillos del alba y hacían sonar las campanillas antes de tiempo en plena consagración. Pero en su lógica infantil, estar ahí, a unos pasos del padre y del incienso, era un salvoconducto directo al perdón divino.
Conforme pasaron los años, sus padres intentaron doblar el timón de su destino. Querían un título universitario colgado en la pared de la sala, un trabajo de oficina, horarios fijos y una vida lejos de los peligros del asfalto.
Pero no hubo argumento que compitiera contra el olor a diésel y la inmensidad de las noches en ruta. La vocación ahí estaba, había nacido con ella. Al ver que Sergio no tenía ojos para otra cosa que no fuera una caja de velocidades de dieciocho cambios, a la familia no le quedó más remedio que bendecir su decisión y respaldarlo.
El apodo llegó por accidente o acaso descuido. Recién hacía sus primeros viajes se paró a comer allá por San Luis Potosí, esperando turno para descargar. Sergio sacó la cartera para pagar el café.
Entre los papeles asomó una fotografía desgastada: él mismo, a los diez años, con sotana roja, roquete blanco almidonado y una sonrisa chimuela frente al altar.
Un compañero veterano la vio, soltó la carcajada y por el radio gritó: «¡Miren nada más a quién tenemos aquí, al puritito Monaguillo!».
Lejos de molestarse, Sergio adoptó el 10-28 con orgullo.
Hoy, arriba de su tracto, la cabina parece una pequeña capilla rodante. En la visera lleva a la Virgen de Guadalupe; junto al tablero, a San Cristóbal, y en el centro, una imagen de Cristo con una veladora de baterías que nunca se apaga.
Para él no es superstición, es respeto: «En la carretera el hombre propone, pero el Primerísimo dispone. Uno aquí arriba nunca viaja solo».
Para Sergio «El Monaguillo» González lo mejor de su profesión sigue siendo la libertad de ver amanecer en un estado distinto cada dos días y la hermandad silenciosa de los faros que cruzan la noche.
En sentido opuesto, lo más duro es la distancia de la familia y saber que, en el autotransporte de este país, despedirse al salir de casa siempre lleva implícita la posibilidad de no regresar.
Por eso, cada vez que engrana primera y suelta los frenos de aire para incorporarse a la 57, se persigna, toca la imagen del retrovisor y repite la misma plegaria que aprendió de niño en el altar: «Con Dios salimos, con Dios rodamos y con Dios volvemos».
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