Son las seis de la mañana del lunes 26 de octubre. Cuarenta y ocho ciudades en todo el país hicieron el mismo llamado: Paro Nacional del autotransporte de carga. Estamos en la caseta de Tepotzotlán, en el Estado de México, cuando llegan los primeros vehículos, todavía a oscuras. Casi por inercia se acomodan en ambos sentidos de la carretera, en batería los primeros y paralelos a la acera los segundos. Colocan mantas en el frente y en sus costados.

“Un operador es el padre, el esposo o el hijo de alguien”. “Exigimos una autopista de calidad”. “Transportamos los medicamentos que necesitas”. “Trabajar no debe costarnos extorsiones”. “Basta de cobros ilegales y abuso de la autoridad”. “Exigimos condiciones fiscales que permitan seguir operando”. “Queremos trabajar. No cerrar empresas”. “Exigimos seguridad”.

Las demandas no son nuevas, pero sí el espíritu, ya que el paro nacional de este lunes fue convocado por cuatro organizaciones de transportistas. Lo que le duele a uno les duele a todos. El secuestro de un operador no distingue afiliaciones. Todos pagan el mismo peaje y pierden una llanta en el mismo bache.

Pasan los minutos y de a poco los tres camiones ahora son seis y después diez. El cielo empieza a clarear. Los operadores bajan a estirar las piernas y acomodan sus mantas. Se frotan las manos para ahuyentar el frío. Pasan otros vehículos y tocan el claxon solidario. Nadie puede estar en contra de este reclamo. Es legítimo.

Después de las siete de la mañana el contingente ya está más nutrido. Al menos 20 tractocamiones de cada lado, mientras los líderes de cada agrupación reciben a los recién llegados para ponerles sus mantas e indicarles dónde se pueden estacionar. No hay un plan, pues desde el principio se informó que el paro nacional sería por tiempo indefinido.

Ya no quieren mesas de trabajo. Exigen acciones. Resultados. Su voz, unida, ruge más fuerte que el claxon de un full que recién pasa la caseta rumbo a Querétaro. Nerviosos, acaso ansiosos, los líderes se comunican con sus colegas en otros puntos del país. Los distintos contingentes van creciendo.

Pero aparcarse a las orillas de la vialidad en la caseta ya no es suficiente. Ya no caben. Bajo la consigna de que se trata de un paro nacional pacífico y no de un bloqueo deciden avanzar hacia la Ciudad de México. El destino, la Cámara de Diputados. Quienes dirigen este contingente explican que no quieren plantarse ni bloquear las vialidades, sólo avanzar. Hacerse ver, hacerse notar y, por supuesto, hacerse escuchar. Gran parte del objetivo de esta movilización es visibilizar una realidad omitida, no atendida. Ignorada.

La fila empieza a formarse rumbo a la Ciudad de México. Nosotros vamos en el primer vehículo, con dos líderes de la manifestación que siguen recibiendo mensajes y mandando audios a otros transportistas que habrán de sumarse a este contingente o que advierten su próxima llegada a San Lázaro.

Llegan las primeras patrullas. Son estatales. Se colocan al frente de la caravana y abren paso a la fila de tractocamiones que para ese momento ya son más de setenta unidades. El paso es lento, pero firme. Por los otros dos carriles los vehículos rebasan la fila y expresan su apoyo al movimiento.

Tomamos la desviación hacia Vallejo y ahora es el turno de las patrullas municipales de Tlalnepantla quienes escoltan la caravana. Despacio. A esa hora ya hay reportes de todo el país haciendo lo mismo. Las redes sociales se inundan de fotografías, videos y declaraciones de líderes transportistas y operadores que se suman a la voz unánime.

Ya en Vallejo, el contingente hace una pausa, pues se pierde la fila porque algunos vehículos particulares se quedaron en medio. Ya son más de 80 los tractocamiones que vuelven a hacer una sola fila y que buscan llegar al Palacio Legislativo. Continuamos. Horas antes, justo en la Central de Carga de Vallejo, otro contingente hizo un recorrido desde ahí hacia La Raza y de regreso, y se disipó.

Ahora estamos otra vez ahí, frente a la estación del Metrobús, cuando patrullas capitalinas detienen el paso y la caravana se detiene. Un carril queda ocupado por la enorme fila que ya rebasa los 100 tractocamiones y los líderes del movimiento se bajan para dialogar con las autoridades.

Destaca un funcionario capitalino y uno más que porta una chamarra de la Secretaría de Gobernación. Saludan, se presentan y preguntan sobre la caravana, que hacia dónde van.

A la Cámara de Diputados, responden.

Con muchas más palabras de las necesarias, ambos funcionarios les dicen que no será posible. Su único argumento es que ya más temprano otra caravana había hecho su recorrido y que el “acuerdo” era ese, que nunca avisaron que llegaría esta fila tan grande con destino al Congreso de la Unión.

Sólo queremos avanzar, refutan los transportistas. Vamos, que nos vean, que sientan y regresamos. Disipamos nuestra manifestación.

Pero los funcionarios no acceden. Lo único que ofrecen es otra mesa de trabajo con una diputada al día siguiente.

Tenemos ocho años de mesas de trabajo, de diálogo con Gobernación, con Guardia Nacional, con la SICT, y nada. Estamos peor.

No habrá manera de que los burócratas cambien de opinión, así que los transportistas, frustrados, consideran la opción de, ahora sí, cerrar las vialidades.

Argumentan que son las patrullas de la ciudad las que provocan el caos por ahí de las dos de la tarde. No ellos. Y así es. Pero la postura es la misma.

Y el diálogo interno, acá entre los líderes, vuelve a ser conciliador y pacífico. Si no los van a dejar pasar, ahí se van a quedar. Eso sí, sin cerrar la vialidad. Calzada Vallejo.

Mientras, los operadores de las más de cien unidades se bajan de su unidad, buscan una botella de agua o algún baño. Se les ve cansados, pero al preguntarles, saben bien porqué están ahí. No sólo están de acuerdo, sino que están conscientes de que muchos de estos reclamos en realidad son suyos.

El riesgo, el peligro, los robos, los accidentes, las extorsiones. Para ellos, trabajar se ha convertido en un deporte extremo. Nunca saben si volverán a casa. Y sólo quieren eso: certeza, seguridad, un trato digno. Nada más y nada menos.