Roberto González llegó con una mochila rota y la urgencia de comer. No sabía de motores, pero sabía de trabajo. Hacía de todo a cambio de un tacto y un vaso de agua. Ésta es la historia de «El Botas».
Le dieron trabajo en una empresa de transporte y su responsabilidad era simple: mantener el patio impecable. Mientras barría el aceite derramado y recogía los restos de llantas tronadas, Beto observaba. Sus ojos no seguían la basura, sino los movimientos de los volantes.
Además de que ganaba un salario seguro y ya no pasaba hambre, también le gustaba su trabajo, pues de a poco fue agudizando sus sentidos al grado de poder distinguir el sonido de un camión, respecto a otro.
Se hizo amigo de los mecánicos y, en sus ratos libres, en lugar de descansar, se subía a las cabinas apagadas. Ahí, sentado en el asiento que todavía le parecía imponente, practicaba los cambios de marcha en silencio, imaginando que el parabrisas era el horizonte de la 57.
Hasta que llegó el día en que un conductor le pidió que acomodara la caja en la rampa de carga. Beto, con el corazón acelerado, trepó al estribo y movió el tractocamión con tal suavidad que sorprendió a los viejos lobos de mar.
Así se ganó la oportunidad de hacerlo cada que se lo pedían o incluso era él quien les decía a los operadores que le dejaran ahí el camión, que él lo acomodaba. Y muy pronto se convirtió en un gran patiero.
Pronto, el dueño de la empresa notó que las maniobras más difíciles del patio las hacía el muchacho del jalador. Beto ya no sólo barría y lavaba el patio: se había convertido en el maestro de los movimientos en espacios reducidos, dominando el arte de echarse de reversa en ángulos imposibles.
Hasta que una mañana, el caos estalló en la oficina. Un cargamento de componentes automotrices urgentes debía salir hacia la frontera, pero el operador asignado nunca llegó: una gripe lo había tumbado. El cliente amenazaba con cancelar el contrato.
El jefe de logística salió al patio, desesperado. Vio a Beto terminando de limpiar los espejos de una unidad.
—Beto, tienes tu licencia federal vigente, ¿verdad? —preguntó el jefe.
—Desde hace un mes, patrón. La saqué con mis ahorros —respondió Beto, sintiendo un escalofrío.
—Súbete. El viaje es a Nuevo Laredo. Si llegas a tiempo, la unidad es tuya. Si fallas, regresas a la escoba y el jalador.
Esa tarde, Beto no sintió las 20 toneladas, sino el peso de sus sueños. Cuando metió la primera y escuchó el suspiro de los frenos de aire, supo que su vida había cambiado. El camino, que tantas veces vio desde la banqueta, ahora se desplegaba bajo sus pies.
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Llegó a la frontera dos horas antes de lo previsto. Su entrega fue perfecta. Cuando regresó al patio tres días después, ya no era el chico de la limpieza, sino el nuevo operador de la empresa, y ahora sí, oficialmente le pusieron “El Botas”, ya que nunca se quitó el calzado que lo vio aprender a manejar.
“El Botas” nunca olvidó su origen.Incluso en el presente, después de un millón de kilómetros recorridos, antes de subir a su flamante tractocamión, toma una escoba y barre un poco alrededor de sus llantas. Es su forma de agradecerle al suelo que le enseñó a volar.
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