Son las tres de la madrugada del 4 de enero. La temperatura marca tres grados bajo cero en San Luis de la Paz. El operador ajusta la calefacción, pero no quita la vista de las líneas blancas que el asfalto devora a ochenta kilómetros por hora.
Tiene los ojos hinchados por el desvelo, la boca quemada por el café soluble que compró en la caseta y la espalda adolorida tras doce horas pegado al respaldo.
Si alguien viera esta escena, bien podría pensar que sólo es otro tracto arrastrando una caja seca de cincuenta y tres pies: carga general. mercancía paletizada, un folio fiscal y un sello de aduana en las puertas traseras.
Pero él sabe lo que lleva en las espaldas.
No se trata de tarimas de plástico, ni cajas de cartón corrugado, ni números de serie. Transporta bicicletas con llantas de colores, pistas de carreras con curvas imposibles, muñecas que cierran los ojos y balones del número cinco que están esperando el primer balonazo en una calle de tierra.
Lleva la ilusión intacta del Día de Reyes.
“Muchos piensan que nuestro jale es nomás mover fierros y cajas de un CEDIS a otro, pero hay viajes, como éste, que no se puede atrasar ni una hora. Si yo fallo aquí, un chamaco en algún rincón del país se despierta el seis de enero pensando que se portó mal o que se olvidaron de él”, reflexiona Juan, operador con más de 20 años de experiencia al volante.
El camión vibra con el esfuerzo de la subida. La quinta rueda gime sobre su perno. Cada curva se toma con una sutileza quirúrgica, no sólo para cuidar las llantas o la suspensión, sino porque adentro cada caja cuenta. Un frenazo en seco puede doblar un rin de aluminio diminuto o quebrar un empaque transparente. El operador maneja como si llevara porcelana viva.
En el camarote, sobre la litera, una chamarra gruesa guarda su propio sacrificio: sus dos hijos están a seiscientos kilómetros de distancia, en una casa donde él no va a amanecer esa fecha.
No estará para verlos romper el papel en pijama, ni para ayudarles a inflar las ruedas o ponerles baterías a los carritos. Le tocó estar rodando. Como tantos años.
Ese es el costo amargo de la cabina. Para que la magia amanezca en miles de salas ajenas, hay hombres que tienen que pasar la noche en vela, fumando el aire frío y la niebla sobre la carretera.
Una patrulla pasa en sentido contrario, cortando la penumbra con sus torretas. El operador revisa por el retrovisor que la caja siga firme en su línea. Todo en orden. La máquina sigue empujando.
Faltan cuatro horas para llegar al centro de distribución en el Valle de México, donde las cuadrillas de maniobra romperán el sello y vaciarán el remolque contra reloj para surtir las últimas entregas antes del amanecer del día seis.
El operador le da un último trago al café tibio, aprieta las dos manos sobre el aro del volante y sonríe con una mezcla de cansancio y orgullo que sólo se entiende a esta altura de la noche.
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Esta noche el Rey Mago no va en camello. Monta un tractocamión con dieciocho ruedas y sigue, igual que nosotros, Al Lado del Camino.
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