Hace ocho años comprar un camión fue el primer paso. Había que mantenerlo y sacar adelante el negocio, cubrir los gastos de la casa y terminar de pagar ese viejo Fairlane Sl-120. El enganche salió de la liquidación del último empleo y los ahorros de los años recientes.

Daniel García tenía 35 años cuando pasó de ser operador de pipas a hombre-camión o pequeño transportista. Conocía el sector, llevaba conduciendo 18 años, el olor a diesel lo acompañaba desde entonces y ahora solo podía hacer una cosa: trabajar y crecer, crecer y seguir trabajando.

Así lo cuenta este transportista mexiquense el mismo día en que cumplió ocho años de haber iniciado este viaje. No fue fácil. Al principio, recuerda, ya no había un respaldo económico de un patrón ni una tarifa fija por cada flete, ni trabajo seguro para lo que resta del mes. Solo había ganas, muchas ganas e ilusión de salir adelante.

Le costó trabajo regularizar su operación, ya que tenía placas de carga y le salía trabajo para la grúa. Necesitaba placas federales. Improvisaba el servicio que ofrecía y más de una vez tuvo que detener su camión por andar haciendo trabajos que no le correspondían. Así fue al principio y también tuvo que pagar para que su vehículo no fuera llevado al corralón.

En esos días, que hoy parecen lejanos y le arrancan una sonrisa tatuada por la nostalgia, llegó a vender su chamarra y a empeñar sus pinzas de presión para completar los últimos litros de diesel. Hubo veces, incluso, en que tenía que elegir entre comprar algo para distraer el hambre o echarle 30 pesitos de combustible a su camión. Siempre optó por lo segundo.

Cuando compró la primera nodriza fue a preguntar por unas usadas y no le alcanzaba. Le preguntó al vendedor por aquélla. “Cuál, ¿esa?”. “Sí, esa mera”. “No, esa la voy a mandar al kilo: vela, está enterrada”. “Pues sí, pero ¿a poco no me la puede vender?” Pensó que era una broma y mejor hizo el cálculo de cuánto le darían si la vendiera por kilo. Por decir una cifra le dijo que serían 15,000 pesos.

Daniel sacó el dinero ahorrado y pagó por una nodriza que le costó tres días desenterrar; luego, en lo que conseguía cómo llevársela y tres meses después, ya la tenía trabajando. “Al final vi la forma y lo más importante es que nunca me rendí. Desde que la vi ahí enterrada la imaginé ya arreglada y lo logré. Ahí sigue dando la batalla”.

Empezó en este mundo a los 17 años. Fue ayudante de mecánico, comodín de maniobras, aprendiz de chofer, hasta que le dieron su primera oportunidad de hacer un flete. Ya no soltó el volante. Veinticinco años después sigue manejando sus propias nodrizas y alguna de sus tres grúas.

Su empresa se llama “Tractogrúas, Traslados y Maniobras”. Radica en Ecatepec y ya tiene siete vehículos. Emplea a tres operadores, un mecánico, su chalán, y dos ayudantes generales. Su esposa lleva la contabilidad del negocio y sus dos hijas siguen yendo a la escuela.

Sabe que el Programa de Chatarrización ofrece un estímulo para renovar sus camiones, pero la operación de su empresa no le permite hacer inversiones a largo plazo. Tiene que pagar la renta del taller, los salarios de sus colaboradores. “La verdad no me animo a echarme un compromiso de muchos años y que aunque ahorita haya trabajo, qué voy a hacer el día que no me alcance para la mensualidad. El sueño de todo hombre-camión es tener un carro nuevo”.

Sin embargo, no pierde la esperanza, sabe que existe la posibilidad de adquirir una unidad seminueva y, lo más importante, sabe que todo depende de él. Aprovecha este espacio para compartir con los colegas la experiencia de no rendirse, de que cuando se cierra una puerta, hay que ver cómo abrimos otra. Mientras, a bordo de alguna de sus cuatro nodrizas o de una grúa, Daniel García seguirá circulando en esta remota autopista del sur.