En el 4º Encuentro de Tecnología y Movilidad Sostenible de la ANTP, realizado en Cuernavaca, se volvió a poner sobre la mesa una conversación recurrente en la industria: el papel de la tecnología en la transformación del transporte de carga. Sin embargo, más allá de los discursos y las tendencias, lo más revelador fue escuchar, y medir, la percepción directa del sector.

Durante mi participación, titulada “Movilidad sostenible en Norteamérica: estrategia, tecnología y competitividad”, realicé encuestas en tiempo real con los asistentes. Los resultados, más que confirmar lo que se suele decir, evidenciaron una realidad distinta. Al preguntar dónde se encuentra hoy la mayor oportunidad para mejorar el transporte de carga, la respuesta dominante no fue electrificación ni digitalización, sino energía e infraestructura.

El dato no es menor. Refleja que, para quienes operan diariamente, el reto principal no está en el vehículo ni en la tecnología disponible, sino en las condiciones que permiten o impiden su implementación.

La siguiente pregunta apuntó al momento clave de cualquier decisión: cuando todas las variables están alineadas, ¿qué define la adopción tecnológica? La respuesta fue clara y consistente con la lógica del sector: el costo total de operación (TCO). Ni la regulación, ni los incentivos, ni la narrativa ambiental. La decisión sigue siendo, fundamentalmente, económica.

En ese mismo sentido, al preguntar por el mayor obstáculo para implementar estas soluciones en México, las respuestas convergieron en los mismos conceptos: infraestructura, Gobierno, incentivos. Es decir, factores estructurales, no tecnológicos.

Finalmente, al abordar qué debería priorizar el país, la respuesta mayoritaria fue una sola: una estrategia integral. No más soluciones aisladas.

Este conjunto de respuestas permite una lectura clara: el sector no está cuestionando la tecnología. Está señalando las condiciones que hacen viable su adopción.

Para ilustrar este punto, durante la presentación compartí un caso observado recientemente en el Condado de San Diego: el desarrollo energético del Viejas Casino & Resort. Lo relevante no es la presencia de cargadores eléctricos, sino la integración de un sistema completo: generación solar, almacenamiento energético, infraestructura de carga y operación coordinada. 

Al estar desarrollado en territorio de nativos americanos, con un entorno regulatorio más flexible y acceso a financiamiento federal y estatal, el proyecto encontró condiciones que facilitaron su implementación. 

Aun cuando no es una empresa enfocada en estas áreas, la movilidad se integró en la esencia del negocio y hoy opera prácticamente como una compañía energética. Ahí, la tecnología no es el desafío. El entorno ya está resuelto.

El contraste con México es evidente. En nuestro contexto, el transporte de carga no está frenado por falta de opciones tecnológicas, sino por la ausencia de un ecosistema que las articule. La infraestructura energética aún es limitada, la certidumbre regulatoria es desigual y los incentivos no siempre están alineados con la realidad operativa del sector. A esto se suma un acceso al financiamiento que, en muchos casos, sigue siendo restrictivo.

El resultado es conocido: incluso cuando la tecnología está disponible, el caso de negocio no necesariamente cierra. Y cuando no cierra, no se implementa.

Por años, la conversación se ha centrado en comparar soluciones: electrificación frente a combustibles alternativos, digitalización frente a operación tradicional. Sin embargo, los resultados obtenidos en este ejercicio sugieren que ese no es el debate correcto. 

El sector no está eligiendo entre tecnologías; está esperando condiciones que permitan adoptarlas con sentido económico y operativo.

En este contexto, la discusión debería desplazarse hacia otro punto. Más que cuestionarnos qué tecnología impulsar, la pregunta relevante es cómo construir las condiciones para que cualquier tecnología viable pueda escalar.

Eso implica pensar en una visión que articule energía, infraestructura, operación, financiamiento y política pública bajo un mismo objetivo. No como iniciativas independientes, sino como partes de un sistema.

La conclusión es directa. En la descarbonización del transporte de carga, el límite no está en la tecnología disponible, sino en el entorno en el que ésta debe operar. Y mientras ese entorno no evolucione, seguiremos acumulando soluciones, sin lograr su adopción a escala.

Miguel Elizalde
Experto en Movilidad Sostenible
Redes @MELIZALDEL
me@mobilitysustainable.com

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