Hay nombres que se heredan con la propiedad, y hay apodos que se ganan en la ruta. En el caso de Mateo Aguilar, joven operador de 25 años, el alias vino impreso en su acta de nacimiento no escrita: para todos en la 57, en las cachimbas y en las salas de descanso de las terminales, él es, sin lugar a dudas, “El Chivo III”
El 10-28 nació hace más de cincuenta años con su abuelo, Silvestre Aguilar, un veterano de la vieja escuela que se ganó la chapa en los años 70 por su determinación y a veces hasta necedad cuando no le temblaban las manos en las subidas más severas de La Rumorosa.
El legado continuó con su padre, Ernesto Aguilar, «El Chivo II», quien durante tres décadas ha recorrido el país al volante de unidades de carga refrigerada.
Para Mateo, nacido en Matehuala, San Luis Potosí, en 2001, no hubo jamás dudas sobre su destino. Mientras otros niños de su edad soñaban con ser futbolistas o profesionistas de oficina, el universo de Mateo se medía en kilómetros, siempre con olor a diésel.
A los seis años, en lugar de juguetes convencionales, su tesoro más preciado era una colección de tractocamiones a escala que acomodaba en hilera perfecta sobre el piso de la sala.
Físicamente, Mateo heredó la estampa delgada pero firme de su abuelo: alto, de mirada atenta y con el cabello más bien rizado. A diferencia de la imagen ruda que a veces rodea al oficio, «El Chivo III» destaca por ser un joven metódico, sereno y profundamente enfocado.
No consume bebidas energéticas en exceso ni confía en la improvisación; su rutina antes de cada viaje incluye una revisión de aire y frenos tan rigurosa que parece un checklist de aviación. Esto es algo de lo mucho que le aprendió a los otros dos “Chivos”.
A sus 25 años, Mateo ostenta una madurez operativa que asombra a los jefes de flota. Su personalidad combina el respeto de la vieja guardia con la adaptabilidad tecnológica de su generación: domina las aplicaciones de telemetría con la misma soltura con la que opera la palanca de cambios manual de 18 velocidades que su padre le enseñó a cortar a oído limpio.
El momento cúspide de la dinastía Aguilar ocurrió a principios de este año, cuando la empresa de logística para la que trabajan logró asignarles, por primera vez, un flete en convoy de tres unidades desde el puerto de Altamira hasta el corredor industrial de Querétaro.
Te recomendamos: Brian ‘El Gordito’ García dejó los jitomates para subirse al tractocamión
Adelante marcaba el ritmo don Silvestre a sus 72 años; al centro, cuidando la espalda del fundador, venía Ernesto, y cerrando el convoy, con la responsabilidad de custodiar la retaguardia, venía Mateo al volante de su tracto.
A través de la banda civil (CB), la frecuencia 9 retumbaba con la complicidad de tres voces que compartían la misma sangre y el mismo 10-28:
—¿Cómo viene la retaguardia, Chivo chico? —preguntaba don Silvestre por el micrófono.
—Sombra pareja, abuelo. Todo despejado en el carril de alta, traemos ritmo constante —respondía Mateo con una sonrisa de orgullo reflejada en el retrovisor.
Para Mateo Aguilar, ser «El Chivo» no es una carga ni una sombra de la que quiera escapar; es una insignia de honor. Sabe que las carreteras modernas son más complejas y exigen mayor profesionalismo que nunca, pero mientras mantenga las manos sobre el volante y el oído atento al motor, la historia de su familia seguirá escribiéndose sobre el asfalto mexicano, un kilómetro a la vez.
Te invitamos a escuchar el episodio más reciente de nuestro podcast Ruta TyT:














