En los últimos años nos hemos acostumbrado a pedirle cosas a la inteligencia artificial (IA). Le solicitamos redactar un correo, resumir un documento o generar una imagen. Nosotros hacemos una pregunta, la IA responde y, finalmente, decidimos qué hacer con esa respuesta. Pero estamos entrando en una nueva etapa: una en la que la IA no sólo puede decirnos qué hacer, sino comenzar a hacerlo por nosotros.

A esto se le conoce como IA agéntica: puede recibir un objetivo, identificar los pasos necesarios para alcanzarlo, utilizar distintas herramientas, ejecutar acciones, observar sus resultados y corregir el camino cuando sea necesario. En otras palabras, pasamos de una IA que responde a una que también puede actuar.

Pensemos en algo sencillo dentro de una empresa de transporte: todos los días recibimos por WhatsApp preguntas sobre la ubicación de una carga, su hora de llegada o el comprobante de entrega. Hoy, una persona debe consultar los sistemas y responder; con IA generativa podríamos pedirle ayuda para redactar la respuesta, mientras que con IA agéntica el sistema podría identificar el embarque, consultar el GPS y otras plataformas, localizar documentos y responder directamente al cliente, incluso anticiparse para avisarle de un retraso. 

Automatizar estas tareas repetitivas permite aprovechar mejor nuestros recursos y concentrar a las personas en las excepciones y decisiones que realmente requieren experiencia y criterio.

Llevemos el ejemplo más lejos: podríamos pedirle a un agente programar la entrega de una carga a determinada hora, cumpliendo con las horas de servicio y buscando reducir tiempo, costo y emisiones. Para lograrlo podría consultar ubicación, tráfico, clima, disponibilidad del operador, autonomía o incluso el precio del combustible, y tomar decisiones como modificar la ruta, ajustar el itinerario o avisar al cliente ante un retraso.

En este escenario ya no hablamos de un chatbot, sino de delegar parte de la operación, y es precisamente esa capacidad de actuar la que está generando una discusión mucho más profunda sobre el futuro de la IA.

Recientemente, Dario Amodei, CEO de Anthropic, advirtió sobre la rapidez con la que avanzan los modelos de IA y la posibilidad de que grandes cantidades de agentes lleguen a actuar coordinadamente sobre sistemas conectados a Internet. Son escenarios de riesgo, no predicciones de que necesariamente ocurrirán, pero plantean una pregunta para nuestra industria: ¿qué podría suceder cuando estos sistemas participen cada vez más en las decisiones del transporte? El primer riesgo probablemente no sea una flota de vehículos autónomos fuera de control, sino la velocidad y escala con la que una decisión equivocada puede multiplicarse: un agente podría interpretar mal un objetivo y modificar cientos de rutas, citas o instrucciones antes de que una persona detecte el problema.

Conforme aumente la autonomía de estos sistemas, también crecerá el impacto potencial de sus decisiones. 

No es lo mismo permitir que un agente responda un WhatsApp que autorizarlo a modificar rutas, coordinar cientos de unidades o, eventualmente, interactuar con vehículos autónomos e infraestructura, donde una decisión digital puede convertirse en una acción física. 

Esto no significa detener la adopción de la IA agéntica, que puede hacer nuestras empresas más productivas, eficientes y sostenibles, sino acompañarla de límites, permisos, supervisión y responsabilidades claras.

Tal vez la pregunta de los próximos años ya no sea qué puede hacer la IA por nuestras empresas, sino qué estamos dispuestos a permitirle hacer de manera autónoma. Porque cuando la IA empieza a actuar, la responsabilidad de decidir hasta dónde puede hacerlo sigue siendo nuestra.

La autonomía puede delegarse en tareas, en procesos, incluso en decisiones de bajo riesgo; pero la decisión final —esa que compromete recursos, reputación o el rumbo del negocio— debe seguir estando en manos de una persona. No porque la IA agéntica no sea capaz de ejecutar con eficacia, sino porque la rendición de cuentas no es delegable: una máquina puede recomendar, ejecutar, incluso aprender de sus errores, pero no puede asumir la responsabilidad última de sus consecuencias. Ese es, y seguirá siendo, un rol irrenunciablemente humano.

Miguel Elizalde
me@mobilitysustainable.com

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