El autobús se detuvo a la orilla del río. Cinco, diez, quince minutos después quedó vacío. Solo el operador que se entretenía viendo a los turistas tomar fotos, se quedó a bordo. Ese tramo se podía recorrer únicamente a pie y el vehículo debía rodear toda la zona para recoger a los pasajeros del otro lado. Luego de perderlos de vista, emprendió la ruta en compañía de la soledad del último viaje.

Los dejó en Santa Elena Petén, Guatemala. Los turistas cruzaban la zona arqueológica de los mayas para después subirse a una lancha que los llevaría a Yaxchilán, Chiapas. Ahí solían recogerlos, hospedarlos y luego regresarlos a Cancún, donde empezaba y terminaba la expedición.

Pero ese día fue diferente. Justo después de dejarlos en el río, emprendido el camino por Guatemala, Belice, y ya para entrar en Chetumal, en Escárcega, aquel autobús modelo 97 habría de convertirse en cenizas.

Ricardo Martínez, dueño del vehículo, recuerda que su operador quedó lesionado y, afortunadamente, vivió para contarlo. Ese día estaba lloviendo. La brecha que había tomado para incorporarse a la carretera estaba fangosa. Estaban haciendo obras.

Luego de hacer maniobras inútiles, el autobús quedó atravesado en pleno camino a causa de las condiciones del terreno. El operador insistía. El vehículo no respondía. La pipa que habría de estrellarse con él había tomado camino hasta que lo vio de frente y lo impactó de lleno. El combustóleo que transportaba detonó el incendio que acabó con ambas unidades.

“Nos avisaron, fui a ver al operador al hospital, se comprobó que había sido un accidente y entre trámite y trámite el gasto fue mayor. La buena relación con las autoridades nos deslindó de mayores responsabilidades; en tanto, la aseguradora hizo hasta donde pudo y me dediqué a enderezar las cosas.

“Ya solo me quedaba otro autobús, más viejo, y no salía para ponerme al corriente con los gastos. Pedí ayuda, pero todo mundo me pedía favores a cambio. No acepté. Me fui a la bancarrota. Pedí un préstamo al banco, el cual nunca llegó y no tuve otra opción que irme a Estados Unidos por unos meses…”.

Ricardo Martínez tomó su auto y, en compañía de su esposa, sus dos hijas y una mascota, emprendió camino hacia el norte. No tenía un plan, pero en ese momento México no era una opción. Llegó a Oklahoma City con nada más que el deseo y la necesidad de sobrevivir. Hizo de todo. Se accidentó las manos y durante un año no las pudo usar. Le costó trabajo, tiempo y mucha paciencia. Hoy recuerda que gracias a la teología, que estudió de forma autodidacta, entendió que así tenía que ser porque ese era el plan de Dios para él.

“Yo me dedico al transporte desde antes de nacer”

Su vida, su historia y su aportación al sector van más allá de una tragedia que lo hizo salir del país hace casi 10 años. El gusto por los camiones data de siempre, pues lo heredó de su papá, dice. Desde los 15 años empezó a manejar sus primeros autobuses DINA; llevaba camiones a todo el país y también a Honduras.

A los 19 años se compró su primer autobús, un Sultana. Lo dejó trabajando y se enroló en las filas de ADO por dos años. Cambió de sector y se dedicó a la carga. López e Hijos y Autotanques Beltrán e Hijos, también figuran en su historial como operador.

Se compró una pipa y la incorporó a la pequeña flota de Transportes Medrano, que por aquella época sumaba nueve vehículos. Se la robaron, regresó al sector turismo y en el trajín de sus días, la empatía por los operadores le facilitó crear una organización que afiliara a los pequeños transportistas que carecían de representación.

Así nació Protumex 2020, agrupación en la que uno de sus principales logros fue conseguir un amparo para los transportistas que no podían renovar sus vehículos como lo indicaba la SCT. Su experiencia le dio las credenciales para fungir como asesor en la Cámara de Diputados durante la LVIII Legislatura.

El término de su periodo al frente de Protumex coincidió con el accidente del autobús quemado. Rechazó un par de diputaciones, y no fue sino hasta 2012, ya en Estados Unidos, cuando logró formalizar su propia empresa en el país vecino: “ArmonyTrucking”, que obedece al lema que lo llevó a construir lo logrado en México.

Par conseguirlo, nos cuenta, primero adquirió un autobús desarmado, lo ensambló y luego lo vendió. Compró un tractocamión chocado, lo arregló y empezó a transportar piedra y arena, hasta que hace más de tres años le otorgaron la legalidad de la empresa a su nombre, aunque él sigue siendo indocumentado.

Paga impuestos, tiene derecho a créditos y su flota ya es de cuatro vehículos. Su familia se ha hecho más grande, pues ahora ya es abuelo de una pequeña de seis años. Su esposa también se dedica a los camiones: trabaja para una empresa que los compra usados y ella los “hermosea”.

Ya platicó con algunos colegas del otro lado y comparte que hay asuntos por atender: competencia desleal y falta de compañerismo: “Ya estuvimos platicando y es posible que empecemos a organizarnos para sacar adelante nuestros negocios”.

Aunque ahora confía en que su camino está en donde Dios lo mande, no descarta la posibilidad de regresar a México para continuar con su experimentado viaje, una vez más, en esta remota autopista del sur.