La gente caminando, los vendedores gritando precios, un niño que llora porque se le cayó el juguete, la señora regateando. Así eran las mañanas de Mateo a los trece años cuando empezó a trabajar como diablero en el mercado municipal de Nicolás Romero. Su diablito es lo único físico que le queda del abuelo que lo crió y le enseñó el oficio: el arte del balance, la estiba correcta de la carga y el respeto por el peso.

En los pasillos del mercado, Mateo miraba con fascinación a los camiones que llegaban de madrugada a descargar. Observaba el sudor de los cargadores, el aire caliente que salía de los escapes y la autoridad con la que maniobraban los conductores en espacios donde apenas cabía una bicicleta.

—El que sabe mover un diablo lleno sin tirar una sola caja, sabe mover lo que sea —le decía siempre don Chuy, el bodeguero que le dio trabajo a su abuelo durante décadas y que se convirtió en su patrón, por herencia. Mateo siempre lo vio con admiración, pues era un hombre de trabajo y disciplina. Justo. 

A los dieciocho años le llegó la primera oportunidad de tomar un volante. Don Chuy le confió las llaves de una vieja camioneta de tres toneladas y media. Ya no eran sus piernas las que empujaban la carga, sino un motor a gasolina que le permitía salir del mercado y recorrer las calles de la ciudad haciendo repartos locales. 

Mateo cuidaba esa camioneta como si fuera propia. Checaba el aceite cada mañana, limpiaba los espejos y aprendió a calcular las dimensiones del vehículo en el tráfico urbano.

El salto natural no tardó en llegar. Su pulcritud y puntualidad llamaron la atención de una distribuidora regional que lo contrató para manejar un rabón. Por primera vez, Mateo sintió la responsabilidad de operar frenos de aire y una caja de velocidades con dual. Ya no sólo repartía en la zona metropolitana, comenzó a salir a las carreteras estatales, devorando sus primeros tramos de asfalto y aprendiendo a leer las señales del camino.

Con los años, las habilidades de Mateo se afilaron. Dominaba los puntos ciegos, el arte de no sobrecalentar las balatas y la paciencia para maniobrar en rampas estrechas. Su siguiente escalón fue un torton, que le exigía un temple distinto: aprendió a escuchar las revoluciones del motor para meter cada cambio con la precisión de un relojero. 

Para entonces, Mateo ya no era el muchacho del mercado; era un conductor hecho y derecho, respetado por sus compañeros de ruta.

Sin embargo, en el fondo de su corazón, el sueño seguía siendo el mismo desde que era un diablero: sentarse al volante de un rey de la carretera, un tractocamión.

La oportunidad definitiva llegó una madrugada lluviosa en un patio de maniobras de Querétaro. Un cliente requería mover con urgencia un contenedor cargado hacia la frontera y el operador asignado había tenido un imprevisto. El jefe de tráfico, conocedor del impecable historial de Mateo en el torton y de su disciplina en el taller, lo llamó a la oficina.

—Mateo, la unidad 104 está lista. Es un Kenworth T680 con caja de 53 pies. ¿Te avientas el viaje a Laredo?

Mateo no dudó. Tomó las llaves, caminó hacia la enorme mole de acero y subió los estribos con la misma humildad con la que tomaba las agarraderas de su diablo quince años atrás.

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Al acomodarse en el asiento neumático, ajustar los retrovisores y soltar la válvula de aire con ese característico silbido de potencia, Mateo miró sus manos sobre el gran volante. Recordó los costales de papas, las madrugadas en el mercado, el sudor en la camioneta de tres y media y cada cambio de velocidad aprendido en el torton.

Hizo sonar la corneta de aire, el diésel rugió con fuerza y el exdiablero encaró la autopista, no sólo como un conductor más, sino como un verdadero profesional del volante que se ganó cada kilómetro del camino.

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