En el autotransporte, la sostenibilidad también se construye kilómetro a kilómetro. Y para saber si una operación puede sostenerse en el tiempo, necesitamos conocer cuánto cuesta realmente recorrer cada uno de ellos. Todos conocemos el precio de nuestros vehículos y sabemos cuánto pagamos por diésel, llantas, mantenimiento o seguros.
Sin embargo, no siempre integramos estos conceptos para conocer el costo real de tener y operar una unidad durante su vida útil. Para ello existe el Costo Total de Propiedad, mejor conocido como TCO, por sus siglas en inglés, Total Cost of Ownership. Su principio es sencillo: el precio de adquisición representa solamente una parte de lo que realmente nos costará un vehículo.
El TCO puede incorporar adquisición, incentivos, financiamiento, depreciación, combustible, lubricantes, urea, llantas, mantenimiento, refacciones, seguros y, al final del periodo que definamos, el valor de reventa. Instituciones como el IMT en México, ATRI en Estados Unidos o IRU en Europa utilizan distintas combinaciones de estos conceptos. No existe una definición única; lo importante es definir qué queremos medir y para qué queremos utilizarlo. Podemos calcular cuánto cuesta una unidad por año o por mes, aunque expresarlo en pesos por kilómetro y posteriormente por viaje o incluso por tonelada-kilómetro sería lo ideal.
Aquí aparece una variable fundamental: la utilización. Dos vehículos idénticos pueden tener el mismo precio, seguro y mensualidad, pero si uno recorre 100,000 kilómetros al año y otro 150,000, sus costos por kilómetro serán distintos. Lo mismo ocurre si uno permanece detenido o recorre un porcentaje importante de sus kilómetros vacío. Incluso dos vehículos iguales recorriendo lo mismo pueden tener TCO diferentes. Pensemos en el financiamiento: un transportista puede adquirir una unidad con una tasa del 11% y otro una igual con una del 15 por ciento. Los vehículos son iguales; su costo total dejó de serlo desde el momento de la compra. Las llantas son otro buen ejemplo.
Compararlas solamente por su precio puede llevarnos a conclusiones equivocadas. Una llanta más costosa puede recorrer más kilómetros; otra puede costar menos inicialmente, pero requerir reemplazo antes o afectar el consumo. Más que preguntar cuánto cuesta una llanta, deberíamos conocer cuánto nos cuesta por kilómetro.
Podríamos llevar este ejercicio a lubricantes, filtros, frenos, urea y prácticamente a cualquier componente. Las herramientas digitales permiten registrar cada vez más información, pero tampoco se trata de medir por medir. Un buen TCO debe tener suficiente detalle para ayudarnos a tomar decisiones, sin convertirse en un ejercicio tan complejo que dejemos de utilizarlo.
Además, muchos de estos valores cambian constantemente: diésel, llantas, refacciones, lubricantes, tasas de interés, tipo de cambio y hasta el valor esperado de reventa. Por eso, el TCO no debería ser una hoja de cálculo que hacemos cuando compramos una unidad y archivamos durante cinco años. Debe ser un indicador vivo que actualicemos conforme cambia nuestra operación.
Igualmente importantes son las variables de cada operación: terreno plano o montaña, recorridos regionales o de larga distancia, congestionamiento, temperatura, carga y configuración vehicular. Todas modifican el consumo, desgaste y costo por kilómetro. Pero éste no siempre cuenta toda la historia: una configuración puede consumir más y, al mismo tiempo, transportar más carga. Para comparar productividad, también conviene conocer el costo por tonelada-kilómetro.
Esta perspectiva cobra mayor importancia con nuevas tecnologías. Un vehículo eléctrico elimina costos como diésel, urea y cambios de aceite, y puede reducir otros de mantenimiento; pero incorpora nuevas variables: mayor inversión inicial, infraestructura y costo de recarga, baterías, financiamiento, valor residual, peso y hasta diferentes requerimientos de llantas. Por ello, comparar su TCO con el de un diésel requiere mucho más que contrastar el precio de un litro de combustible con el de un kilowatt-hora.
En la ruta a la sostenibilidad, la dimensión ambiental es indispensable, pero también lo es la económica. No existe un único TCO: existe el de ese vehículo, adquirido bajo determinadas condiciones financieras, con cierta configuración, recorriendo determinadas rutas y transportando cierta carga.
Más que saber cuánto cuesta comprar un vehículo, necesitamos conocer cuánto cuesta realmente tenerlo y operarlo. Porque la sostenibilidad también se construye —y se mide— kilómetro a kilómetro.
Miguel Elizalde
Experto en movilidad sostenible
Redes @MELIZALDEL
me@mobilitysustainable.com
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