El asfalto se asoma como una infinita cinta negra que devora la luz de los faros. Son las 3:42 de la mañana. En la cabina, el aire acondicionado zumba en un tono monótono, una canción de cuna mecánica que pelea contra el rancio olor a café, el pan nuestro de cada día para miles de operadores.
Esteban clava la mirada hacia delante, inmóvil. El limpiaparabrisas rasca el vidrio con un ritmo perfecto: clac-clac, clac-clac. Es el metrónomo de su cansancio.
De pronto, el mundo cambia de textura. El sonido del motor se va alejando, como si se hundiera debajo del asfalto. Las luces del tablero, antes nítidas y agresivas, se convierten en suaves manchas de neón. El vello de sus brazos se erizó, pero no por el frío, sino por la desconexión.
Esteban no cierra los ojos. Siguen abiertos, fijos en la carretera, pero su cerebro ya no está ahí. Se recuerda en el patio de su casa, con sus dos hijos jugando a la pelota. Asegura que olió el café de la cocina y en sus oídos danzaba la sonrisa de su hija.
Un estruendo rompió el sueño. El neumático delantero derecho había mordido la orilla de la carretera. ¡TRRRRRRRRRRR!
La vibración le cala y le sube por la columna como una descarga eléctrica. Esteban da un respingo, sus pulmones succionan aire como si se estuviera ahogando.
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El corazón le martillea las costillas. En esos tres segundos de «ausencia», el camión de 18 ruedas se había desviado apenas medio metro, pero a 95 kilómetros por hora, ese medio metro lo tenía al borde de un barranco sin retorno.
Sujeta el volante con tanta fuerza que sus nudillos se pusieron blancos. Mira por el retrovisor: la carga de 25 toneladas se agitaba como un gigante despertado a mitad de una pesadilla.
La adrenalina, fría y amarga, inunda su sistema, barriendo el sueño momentáneamente, dejando solo un temblor residual en sus manos.
No hay coches cerca. Está solo en la negrura. Esteban baja la ventanilla; el aire gélido de la madrugada le golpea la cara como una bofetada necesaria.
Observa que el siguiente parador en el GPS está a 15 kilómetros. Serán los 15 kilómetros más largos de su vida.
—Hoy no —susurró con la voz rota, mientras ponía la direccional para salir de la vía principal—. Hoy vuelvo a casa. Y sigue, igual que nosotros, Al Lado del Camino.
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