Marina está nerviosa, pero disimula bien. Usa un traje negro, blusa blanca, peinado impecable. Su portafolio combina bien y luce imponente, totalmente pulcro. Huele bien, aunque discreto. Es la única mujer en la sala de juntas. 

De a poco van llegando más personas, todos hombres. Saludan, toman asiento y fingen ocuparse de papeles que llevan amontonados en fólders. En el vasto y rudo universo del autotransporte, un sector tradicionalmente dominado por hombres, la figura de Marina Salgado se erige como un faro de pulcritud y profesionalismo. 

Ella siempre supo que este sector no sería fácil, ya que el negocio del transporte está tejido con hilos de negociaciones ásperas, logísticas complejas y, a menudo, una cultura que valora la rudeza sobre la sofisticación. 

Recuerda que cuando hacía sus prácticas en una empresa de transporte, cuando su jefa entraba a una sala de juntas, era común ser recibida con miradas de extrañeza o, peor aún, con una condescendencia velada. 

«Señorita, ¿no debería estar con el área administrativa?», o «Qué gusto que nos acompañe, ¿viene con su jefe?», eran frases que Marina escuchó más de una vez cuando era todavía más joven y era ella la que acompañaba a otra mujer, la que le inspiró para emprender en este sector. 

Su jefa nunca se dejó amedrentar. Su estrategia fue siempre la misma: profesionalismo impecable y una imagen que proyectara solidez y confianza. Y eso ella siempre lo copió.

Mientras muchos hombres llegaban a las reuniones con camisas arrugadas o lenguajes coloquiales, su mentora se presentaba con trajes sastre inmaculados, un peinado perfecto y una oratoria que denotaba un dominio absoluto de su negocio, desde los márgenes de operación hasta las rutas más intrincadas. 

«Cada detalle cuenta», solía decir. «Desde la limpieza de mis vehículos hasta la pulcritud de mi presentación personal, todo habla de la seriedad con la que tomo mi trabajo y la de mis clientes».

Uno de los mayores retos para Marina fue romper con los estereotipos de género. Las negociaciones con otros empresarios, casi siempre hombres con años en el sector, a menudo implicaban intentos sutiles de subestimar su capacidad o de probar su temple. 

Había quienes intentaban imponer condiciones leoninas, pensando que una mujer sería más «flexible» o menos informada. Otros, directamente, recurrían a comentarios sexistas o bromas de mal gusto para intentar desestabilizarla.

Marina aprendió a navegar esas aguas turbulentas con una mezcla de firmeza y elegancia. Nunca elevó la voz, pero su mirada era implacable cuando detectaba una falta de respeto. 

Sus respuestas eran siempre argumentadas, respaldadas por datos y un conocimiento profundo del mercado. «No se trata de ser más ruda que ellos», explica. «Se trata de ser más inteligente, más preparada y, sobre todo, más íntegra. Mi palabra vale, y mis entregas se cumplen».

Gracias a la escuela de su maestra, su empresa empezó a ganar terreno. Los clientes valoraban la seriedad en el cumplimiento de los plazos, la impecable condición de sus unidades y la eficiencia en la resolución de problemas. 

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Saben que, con Marina, no habría retrasos injustificados ni sorpresas desagradables. Su reputación de ser una empresaria que no dejaba nada al azar se extendió rápidamente.

Marina siempre supo que la primera impresión era fundamental, y es por eso que hoy no sólo dirige una de las empresas de transporte más exitosas de la región, sino que también es una mentora para otras mujeres que buscan abrirse paso en industrias masculinizadas. 

Su historia es un testimonio de que la pulcritud, el profesionalismo y una imagen bien cuidada, lejos de ser superficiales, son herramientas poderosas para superar barreras, negociar con éxito y, finalmente, redefinir el significado de liderazgo en cualquier sector. Es una gran forma de seguir, igual que nosotros, Al Lado del Camino.

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