Es de noche, al interior de un restaurante en la capital poblana. Un par de socios recuerda el comienzo de su empresa: los aprendizajes, los retos, las buenas y malas anécdotas. Platican sobre lo mucho que pudo haber cambiado esta historia si hubieran tomado otras decisiones, sobre delegar. Celebran 20 años de historia en el autotransporte. 

Uno de ellos recuerda que al principio les tocaba hacer todo, mientras él manejaba, su socio hacía las veces de mecánico y, de a poco, sus esposas se encargaban de la contabilidad y los números que iban creciendo pian pianito.

Cuando la empresa empezó a crecer, el que era operador tuvo que bajarse del camión para estar más presente en la gestión y en la administración. Su socio, en cambio, entendía mejor los fierros y se especializó en lo que ya era un taller bastante bien equipado.

En el presente, mientras piden otra taza de café, el que fuera mecánico en jefe durante tantos años recuerda algunos de los principales momentos en que estuvieron cerca de errar el camino. 

Fue cuando contrataron al primer gerente de Tráfico y le asignaron tantas responsabilidades, que no sólo no puedo con el paquete, sino que habían entendido mal eso de andar delegando. 

No delegaron, sino que se desentendieron de responsabilidades fundamentales en cada viaje, como la supervisión de las unidades, la documentación y la gestión de rutas. Aún no había madurado tanto la operación y, de la nada, le pasaron esa responsabilidad a una persona inexperta y con muchas ganas de trabajar. 

Cuando tenían ya cinco operadores, por ejemplo, sin haberlo decidido dejaron que ellos decidieran los horarios, las rutas y hasta los días de descanso, pues confiaron en que ellos conocían mejor esa parte del oficio. 

Y aunque así fuera, también se desentendieron de ese tema y casi les cuesta la quiebra, pues sucedió que un día ya ningún operador quería hacer algunas rutas. 

Para su fortuna, se dieron cuenta a tiempo y entendieron que debían tomar el control de tantos temas, que si querían conservar la empresa y hacerla crecer, tenían que doblarse las mangas de la camisa y ensuciarse las manos. 

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De vuelta al restaurante, ambos chocan sus tazas y se desean siempre cosas mejores, ahora bajo la consigna de que si bien ahora han sabido delegar funciones cruciales, nunca han soltado del todo la operación, pues aprendieron de sus errores.

Hasta tomaron un diplomado para entender cuál era la mejor manera de profesionalizar ciertos procesos y saber hasta dónde llega una responsabilidad y comienza la otra. Para saber delegar, cuándo, cómo y a quién, pues esto también ha sido parte del éxito de la compañía. 

—No es fácil, pero ha valido la pena, ¿cierto?

—Sí, cómo no. Aprender está canijo, pero desaprender es todavía más difícil. Ahí la llevamos.

Aunque no hay fórmulas secretas, ni recetas mágicas, estos transportistas han confiando en su instinto, se han documentado y han buscado ayuda para entender cuál es el mejor camino para seguir, igual que nosotros, Al Lado del Camino.

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