Esta historia inició antes del principio: una larga tradición transportista había surcado antes el camino de dos familias que habrían de cruzarse hace algunas semanas, bajo el cielo azul y cálido de la Sultana del Norte.

Desde que era niño, Fernando Alcalá se imaginaba manejando su propio tractocamión, igual que su padre, quien le enseñó lo que hay que saber para sujetar el volante con fuerza y tomar camino sobre la 57. Y así fue desde su juventud cuando empezó a ganar kilómetros con un objetivo bien claro: comprarse un camión.

A unos kilómetros de distancia, también en Nuevo León, Olivia González creció viendo a su padre y a su abuelo detrás de un volante. Incluso sus tíos también comparten el oficio de operador, y se podría decir que la suya es una familia con diesel en las venas.

La carretera, el destino o la historia se hicieron cargo del resto: el gusto por el transporte y las coincidencias en el origen fueron, acaso, la principal razón para que se hicieran novios y, años más tarde, decidieran compartir el resto de sus vidas. Hasta que la muerte los separe.

Antes de la propuesta conyugal, Fernando había cumplido uno de sus sueños. Se compró un tracto: un Kenworth T660. Pasó de operador a dueño y ahora conduce su propio camión. Le toca a él seguir escribiendo su historia desde esta nueva trinchera.

Cuando ella aceptó casarse con él, no tuvieron miramientos para elegir el coche de bodas. No era un asunto solamente de nostalgia por las familias transportistas, sino de una imagen compartida desde la infancia: ambos habían soñado con llegar al altar sobre un tractocamión. Y así lo hicieron.

El tracto partió de casa de ella, en Escobedo, y tomó camino rumbo a San Jerónimo, en Monterrey. Peatones, automovilistas y, naturalmente, colegas operadores, aventaban gritos, tocaba el claxon y alzaban la palma para saludar y celebrar la unión de Olivia y Fernando.

Como mandan los cánones, el T660 lucía sus ramos de flores y arrastraba las tradicionales latas. Blanco, brilloso, impecable, llegó el camión con los novios. A diferencia de otras bodas, todos querían su foto no solo con los festejados, sino con el vehículo.

El único tractocamión de la empresa Transportes Alcalá fue el tercer protagonista del evento. El sol, el aire y la atmósfera envolvieron el recuerdo de los novios, de sus familias y de sus amigos. Las redes sociales se inundaron de imágenes captadas por los asistentes y curiosos que vieron pasar el camión antes y después de la fiesta.

Pero no solo se trata de una anécdota de la 57, sino del simbólico acto del amor entre los novios y, también, con el transporte. La tradición trailera viene arraigada con un afecto entrañable con los camiones: la herramienta de trabajo, la casa, el techo, la guarida, de pronto un todo que se ha convertido en el mejor compañero para seguir rodando por esta remota Autopista del Sur.