Salvador “El Chiva” Morales aprendió a distinguir los motores diésel mucho antes de saber manejarlos. A los catorce años, el olor a grasa pesada y diésel quemado ya se le había metido prácticamente hasta el ADN. 

Nunca fue por gusto, sino por una necesidad casi de supervivencia. Tras la muerte repentina de su padre en un accidente de obra, la economía de su casa se desmoronó. Su tío don Lupe, hermano mayor de su madre y dueño de un taller de reparaciones mecánicas a un costado de la carretera, le abrió las puertas para que pudiera llevar el gasto a su casa.

“El Chiva” había heredado el apodo de su padre porque ambos eran grandes aficionados de las Chivas Rayadas del Guadalajara, así que ahora, en el taller de su tío, ahora empezaba su vida profesional cuando apenas había dejado la infancia días atrás. Lavó monoblocks con gasolina, arrastró gatos hidráulicos de veinte toneladas, cambió paquetes de muelles amarrados con alambre y purgó líneas de aire con las manos congeladas en las madrugadas de invierno. Aprendió rápido.

Sin embargo, cada vez que un tractocamión entraba al patio, “El Chiva” no miraba las manchas de aceite. Veía más bien el camarote, las torres de escape cromadas y los espejos cóncavos. Su sueño no era arreglar los monstruos de acero, sino domarlos en la ruta y personalizar el suyo. 

El compromiso familiar era una cadena invisible. Don Lupe dependía de la pericia y lealtad de su sobrino para sacar el trabajo pesado del taller, y Salvador sabía que el gasto de su madre y los estudios de sus dos hermanas menores dependían de esa entrada semanal. 

El sueño de ser trailero parecía perderse en el olvido, relegado a los relatos de los operadores que se tomaban un café de olla mientras les ajustaban las balatas.

Pero todo cambió a mediados de 2018, cuando un Kenworth W900, rojo fuego, impecable, imponente, entró al taller echando humo por el escape y con un golpeteo seco en las cabezas del motor. 

Al volante venía un operador con más de cuarenta años recorriendo la geografía nacional, veterano de los tiempos en que no había dirección hidráulica ni asistencias electrónicas.

Mientras don Lupe diagnosticaba una reparación de tres días, “El Chiva” se metió de lleno al motor con una agilidad y un respeto por la máquina que llamaron la atención del viejo trailero.

—Se ve que le sabes a los fierros, muchacho —dijo el operador, observando cómo sacaba los tornillos sin necesidad de revisar el manual.

—Tengo desde chiquillo aquí, jefe. Pero lo mío no es estar abajo del camión… siempre he querido estar arriba, adentro, yendo de aquí para allá— respondió sin levantar la mirada, apretando la llave.

Esa noche, mientras cenaban en la cachimba contigua al taller, el operador habló a solas con don Lupe. Le recordó que el muchacho ya había cumplido con creces su cuota de auxilio familiar, que sus hermanas ya estaban saliendo adelante y que mantener a un talento natural atrapado en un foso de grasa era un desperdicio.

Al día siguiente, cuando el W900 quedó listo y rugiendo parejo, Don Filemón subió su maleta al camarote, miró al “Chiva” y soltó la frase que cambió su vida:

—Junta tus cosas, chamaco. Ya le pagué a tu tío el favor del taller y hablé con tu mamá. Vas conmigo a la frontera. Vamos a ver si es cierto que traes la sangre de la carretera.

Los siguientes ocho meses fueron una universidad sobre ruedas. El operador no sólo le enseñó a embragar doble para cortar los cambios sin raspar los engranes, sino que le transmitió la sabiduría intangible de la profesión: cómo leer la inclinación de las curvas en las cumbres peligrosas, cómo administrar el freno de motor en bajadas severas, el arte de acomodar la quinta rueda para distribuir el peso por eje y la disciplina para descansar a tiempo y evitar la fatiga.

El conocimiento mecánico de “El Chiva” resultó ser una ventaja competitiva brutal. Escuchaba variaciones imperceptibles en el tono del turbocargador antes de que el pirómetro marcara sobrecalentamiento, y sabía ajustar los frenos de la plataforma en cuestión de minutos cuando el tren de rodaje se amarraba.

Impresionado por la seriedad y habilidad de su aprendiz, su maestro no se limitó a enseñarle: al llegar a Nuevo Laredo, lo presentó directamente con el director de operaciones de una reconocida flota transfronteriza con la que él trabajaba desde hacía dos décadas.

—Este muchacho no sólo sabe manejar el camión mejor que muchos veteranos; si se le queda en la sierra, él solo lo arregla y lo vuelve a poner a rodar —garantizó el viejo operador.

Tras aprobar con honores los exámenes teóricos, prácticos y el proceso de selección, Salvador Morales recibió las llaves de su primera unidad asignada: un Kenworth T680 de modelo reciente.

Te recomendamos: Brian ‘El Gordito’ García dejó los jitomates para subirse al tractocamión

Hoy, “El Chiva” recorre diariamente el corredor industrial Laredo-Monterrey-Querétaro. Cada vez que pasa frente al viejo taller de su tío en la 57, da dos toques cortos a la corneta de aire como saludo y agradecimiento. 

En su cabina guarda dos cosas como amuleto: una llave española de media pulgada que usaba en sus tiempos de mecánico y una fotografía junto a su maestro, el hombre que le enseñó que las deudas de gratitud no se pagan eternamente, sino demostrando en la ruta de qué está hecho uno.

Te invitamos a escuchar el episodio más reciente de nuestro podcast Ruta TyT: