Son las dos de la mañana en la entrada a la zona metropolitana de la Ciudad de México. Las torretas azules y rojas giran sobre el toldo de una patrulla estatal atravesada en el acotamiento. Un oficial levanta la mano derecha con una linterna encendida. La luz pega directo al parabrisas del tractocamión.
El operador reduce la velocidad hasta detenerse. El silbido de los frenos de aire corta el frío tembloroso de la madrugada. Ahora baja el cristal de la portezuela apenas cuatro dedos. Huele a humedad y pasto quemado. El policía sube el primer escalón del estribo. No saluda. Apoya la linterna en el marco de la ventanilla.
—Buenas noches, jefe. Trae una luz parpadeando y viene pisando raya continua. Présteme licencia, tarjeta de circulación y la Carta Porte.
La cantaleta de siempre. La falla inventada. El pretexto para encender el cronómetro.
El operador mete la mano al compartimento donde siempre guarda un billete de 500 pesos. Sus dedos lo ubican doblado sin necesidad de mirar. Lo desliza con naturalidad en medio de los documentos doblados y entrega el legajo por la rendija del vidrio.
El oficial recibe los papeles con la mano izquierda. Con el pulgar de la derecha siente el bulto del papel moneda. No lo cuenta, no lo mira. Sólo lo palpa con la pericia que dan años en el asfalto. El papel desaparece en la bolsa de su chamarra táctica en menos de un segundo.
—Maneje con cuidado, mi buen.
El policía devuelve los documentos, baja del estribo y da dos palmadas secas a la lámina de la puerta. Trámite cerrado. Dos minutos de reloj.
El operador mete primera. Acelera. El tracto ruge y se incorpora de nuevo a la cinta de asfalto.
Sabe bien por qué paga. El recuerdo todavía le hierve la sangre.
Ocurrió hace seis meses, en ese mismo libramiento. Aquella madrugada no llevaba efectivo. La quincena venía corta y el viaje había salido de imprevisto.
Cuando los estatales lo pararon con el mismo cuento de la luz trasera, él bajó con los papeles en orden. Todo en regla: verificación vigente, físico-mecánica, póliza de seguro, Carta Porte timbrada, psicofísicos al día.
«Pues vamos a revisar a fondo, amigo, porque el sistema viene lento», le soltó el oficial con una sonrisa cínica.
Fueron tres horas y veinte minutos. Parado en la tierra suelta del acotamiento, viendo pasar el tiempo mientras el reloj de la cita de descarga en el Cedis caía en cuenta regresiva. Los policías se metieron a la patrulla a fingir que cotejaban placas por radio. Caminaron alrededor de la caja. Revisaron los sellos. Le pidieron abrir el cofre. Le cuestionaron el extintor. Le retuvieron la licencia y la tarjeta de circulación hasta que el frío le congeló las piernas y el turno de la rampa se perdió irremediablemente.
Tres horas de retención ilegal le costaron a la empresa una penalización de miles de pesos por entrega tardía y medio día de flete parado.
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A la mañana siguiente, en el patio de maniobras, el dueño de la flota no le reclamó la tardanza. Fue directo al cajón de su escritorio. Sacó un fajo de billetes, tomó uno de quinientos pesos y se lo puso en la mano:
—Ten. Para los refrescos del camino. Nunca vuelvas a salir a carretera sin esto. Sale más caro tener un camión parado tres horas por un capricho de patrulla, que soltar un billete y seguir rodando.
Desde esa noche, el protocolo de viaje cambió. El operador revisa los niveles de aceite, la presión de los neumáticos, la sujeción de la quinta rueda… y el billete de quinientos debajo del cenicero. Y sólo así seguirá, igual que nosotros, Al Lado del Camino.
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