La llamada fue contundente. El gerente de tráfico le dice a Francisco que la carga debe llegar antes de la medianoche. De lo contrario, habrá penalizaciones. Que por favor no se detenga, que pase lo que pase, llegue a la cita en tiempo y forma. 

Francisco ya sabía que debía llegar hoy, y tomó sus precauciones. Tenía buen tiempo. Al escuchar la voz del gerente, le preguntó porqué se lo volvía a decir. Y éste le dice que a él también lo presionan, que no deben quedar mal. 

Cuelgan y sujeta con más fuerza el volante. Sabe que le siguen seis horas sin pausa. Según sus cálculos, a las diez de la noche estará arribando a la bodega del cliente en Nuevo León. Él viene de la Ciudad de México. 

Así sucede. Apenas dan las diez de la noche respira tranquilo, pues al fondo de la calle se observan las luces que alumbran el parque industrial. No es la primera vez que viene, pero algo le dice que puede ser la más amable, pues como la carga urge, deben atenderlo rápido. Es lunes por la noche. 

Llega al punto de seguridad y se registra. Diez minutos después le asignan un andén en la bodega del cliente y sonríe, ingenuamente sorprendido por la agilidad del procedimiento. Enciende un cigarro y deja caer todo el peso de sus hombros sobre el asiento. No se acomoda mucho, pues “sabe” que en breve habrán de atenderlo. 

Cuando pasan 30 minutos sin novedad, él justifica la situación y se dice que apenas son las 10:30 y le habían dado de plazo hasta la medianoche. Igual otra hora y media sería ganancia, pues sabe que hay colegas que esperan días. 

Pues no. Le da la medianoche y le vuelve a preguntar al jefe de tráfico. Le dice que cuando llegó lo atendieron muy rápido y que ya tiene andén. Del otro lado de la línea, sólo un “pues hay que esperar, ya no es cosa nuestra”. 

Cuando pasa la medianoche, el sueño lo vence y se deja ir por unos instantes, hasta que un toque en su ventanilla lo despierta. Es el guardia nocturno, le pregunta que si todo bien, que porqué sigue ahí. “Pues nada, sigo esperando”. 

No se da cuenta cuando el sueño lo vuelve a sumir en una profundidad sin descanso. Aunque es un buen tramo, cuando despierta, a las cinco de la mañana, no se siente descansado. Más bien preocupado, nadie le dice nada. 

Amanece y sale a buscar comida y bebida. Al menos aquí sí hay posibilidad de bajarse de la unidad, pues le ha tocado donde ni eso. Para las ocho de la mañana ya empiezan a llegar los que tenían cita temprano. Igual les dan andén y se suman a Francisco: son víctimas de la espera. 

Le llega la hora de la comida y hasta de la cena. Cumple 24 horas y ha visto cómo algunos colegas llegan, esperan dos o tres horas y se van. No él, que ya más bien piensa en los minutos. El tiempo se vuelve líquido y se le escurre por las manos. Le dan pequeños ataques de ansiedad. 

El segundo día es idéntico al primero. Ya es noche del miércoles y siente cómo el sudor le hace unas capas en la piel. Todo se le pega. Come lo mismo cada que sale de la bodega. Con el jefe de tráfico siempre obtiene la misma respuesta. Y en el sitio, nada. 

Te recomendamos: Ocho breves ejercicios de relajación para operadores en carretera

Fue hasta jueves en la tarde que sale alguien y le dice que ahora sí ya lo van a descargar, pero sólo lo dijo. Cumple los tres días enteros a las diez de la noche y mejor se duerme profundo, con la esperanza de que lo puedan atender el viernes. 

En efecto, el viernes a las 10 de la mañana le descargaron el remolque. Y ya. Ni una explicación, una disculpa, nada. Ya no quiso tomar carga de regreso porque le urgía bañarse, así que se bajó a su casa, en la capital del país, para seguir, igual que nosotros, Al Lado del Camino. 

Te invitamos a escuchar el episodio más reciente de nuestro podcast Ruta TyT: