El diésel y el rugido de los motores no son sonidos ajenos para Lizzet Pérez De la Torre. Son la banda sonora de su infancia. Hija de un operador de tractocamión que dedicó su vida al volante antes de dar el salto al emprendimiento y cofundar su propia empresa en 1997, esta mujer mexicana creció respirando la mística del camino.
Hoy, con más de 15 años de trayectoria profesional en el sector, su historia es un testimonio viviente de cómo la pasión, la resiliencia y la preparación continua transforman la adversidad en un liderazgo inspirador al frente del autotransporte nacional y, por supuesto, de su empresa: L&G Translog.
La vida en las empresas familiares suele exigir un compromiso temprano, pero para Lizzet, el verdadero punto de inflexión llegó marcado por la prueba más difícil: la partida física de su padre.
Ante el vacío dejado por el fundador, la familia no dudó. Junto a su madre y hermanos, tomó la decisión de dar un paso al frente para salvaguardar y consolidar el patrimonio que con tanto esfuerzo se había construido.
Lejos de asumir un rol de escritorio sin terreno, Lizzet comenzó desde las bases. Ingresó como auxiliar administrativa, recorriendo cada pasillo, cada formato y cada proceso de la operación.
Su camino hacia la cima no estuvo exento de pruebas: la juventud y el escrutinio de un entorno que observaba minuciosamente cada uno de sus pasos fueron los primeros obstáculos a vencer.
Sin embargo, su determinación demostró que el respeto en el patio de maniobras no se impone con un nombramiento, se gana con dominio técnico y capacidad de ejecución.
Con el tiempo, dominar todas las áreas de la compañía le permitió asumir la Dirección General, convirtiéndose en la líder estratega de una organización que aspira a trascender fronteras.
“Me apasiona este medio en el que crecí. Conozco y domingo todas las áreas y actividades, pero mi verdadera pasión es tener la capacidad de resolver situaciones”, afirma con la seguridad de quien conoce las entrañas del negocio.
Liderar una empresa de autotransporte en una industria históricamente dominada por hombres representa un orgullo que Lizzet Pérez lleva con humildad y firmeza. Para ella, los límites de género no existen en el mundo corporativo; existen las metas y la disciplina para alcanzarlas.
No obstante, el éxito profesional también ha exigido aprendizajes profundos en el plano personal. Reconfigurar el balance entre la exigencia empresarial y la vida familiar tras momentos de cambio ha sido parte de su evolución.
Hoy, Lizzet combina su rol de madre y cabeza de familia con una intensa agenda de capacitación en desarrollo personal, coaching y negocios, convencida de que para guiar a otros, primero hay que trabajar en la preparación personal.
Su inspiración sigue anclada en el cielo, en la memoria de su padre y de su hermana, pero su mirada está fija en el horizonte: transformar a su compañía en un referente de talla internacional.
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Al mirar el panorama del autotransporte en México, Lizzet tiene claro que el futuro del sector requiere de más voces femeninas que se atrevan a tomar el volante de las decisiones corporativas y operativas. Su mensaje para las mujeres que buscan incursionar o crecer en la logística es directo, propositivo y lleno de fuerza:
«Las mujeres tienen que animarse a dar ese paso, a involucrarse, hacer presencia, darse a conocer y brillar. Debemos demostrarnos a nosotras mismas que sí podemos. ¡Hay que hacerlo sin miedo al éxito!»
La historia de Lizzet Pérez no sólo honra el legado de un operador que soñó en grande, sino que traza una ruta clara para las mujeres que buscan dejar huella en la logística mexicana: una ruta pavimentada con trabajo constante, aprendizaje continuo y una pasión inquebrantable por el asfalto.
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