Para Héctor González, el olor a diésel quemado y el rugido de un motor de 18 velocidades nunca fueron ajenos; eran los sonidos de su infancia. Su historia en el asfalto comenzó mucho antes de que pudiera alcanzar los pedales de un camión.
Héctor era hijo de don Tomás, un hombre-camión de la vieja escuela que recorría el país en un viejo DINA azul de los años ochenta. Cuando el niño cumplía años, el mejor regalo siempre fue que su papá lo dejara subir al camarote para acompañarlo en la ruta México-Laredo.
Desde el asiento del copiloto, Héctor veía a su padre como a un capitán al mando de un barco gigante. Aprendió a leer las carreteras antes que la geografía de los libros: sabía dónde estaban las curvas más peligrosas de la Rumorosa, los nombres de las cachimbas en las que se comía más rico y todos los cambios de luces para enviar un mensaje a los colegas.
No era difícil imaginar que de grande sería trailero como su papá, sin embargo, esto le llegó mucho antes que después. Apenas tenía 16 años y aunque ya sabía mover muy bien el tractocamión, su padre sufrió una severa lesión en la espalda que le impidió volver a operar de manera constante.
La familia dependía por completo de los viajes de ese camión, así que, sin pensarlo dos veces, Héctor dejó la preparatoria técnica, se subió al DINA azul bajo la estricta y dolorosa tutoría de su padre —quien ahora viajaba como copiloto dándole instrucciones— y se enfrentó por primera vez al monstruo de la carretera.
No era lo mismo viajar al otro lado de la cabina, y mucho menos con la frustración de su padre que más que enseñarle se la pasaba corrigiéndolo y regañándolo porque sacó muy rápido el embrague o no se abrió demasiado para tomar una curva.
Aun así, él recuerda esos años con mucho cariño pues considera que no estaba listo para hacerlo solo, así que prefería ir vigilado que sin su gran maestro.
Eran otros tiempos y otra escuela, donde no había GPS sino mapas de papel maltratados en la guantera, y donde quedarse varado a mitad de la noche significaba arreglar el motor tú mismo con las herramientas que traías en la caja.
Su padre nunca pudo volver a conducir, así que lo dejó solo en el volante y, con el paso de los años, el viejo DINA familiar cumplió su ciclo y Héctor entendió que el sector estaba cambiando.
El transporte en México ya no premiaba la audacia temeraria del operador que manejaba 24 horas seguidas sin dormir, sino la profesionalización. Fue entonces cuando decidió tocar las puertas de una de las grandes empresas corporativas de logística del país.
Te recomendamos: ‘El Negro’ aprendió a manejar a los 26 años y ahí supo que quería ser trailero
El negocio dejó de ser rentable y la mejor opción para Héctor fue pedir trabajo en una empresa más grande, con buen sueldo y con la idea de, algún día, retomar el emprendimiento con lo que le dieran por “El Pitufo”, nombre del camión de su padre.
No le fue difícil conseguir empleo, donde tuvo que reiniciar y, al menos, conservar ese mote como su 10-28, que le fue dado por el típico color de aquellos personajes de caricatura.
Y así fue como pudo continuar escribiendo esta historia, ahora desde un volante ajeno, pero con la misma pasión y amor que le heredó su padre. Incluso cuando éste falleció lo único que le pidió fue que cuidara su legado.
Así ha sido desde entonces y para siempre. Y aunque hace algunos años desistió de la idea de comprarse un camión más reciente, “El Pitufo” es feliz haciendo lo que ha hecho toda la vida, y hasta sonríe porque en todo momento recuerda a su mentor.
Te invitamos a escuchar el episodio más reciente de nuestro podcast Ruta TyT:














