A sus 59 años, Fernando Escartín Arroyo ya lleva cuatro décadas al volante y sigue aprendiendo del camino, pues sabe que esta carrera nunca se agota y siempre hay algo nuevo por vivir: ésta es parte de su historia.

Este operador se recuerda a los 12 años, acompañando a su padre en los viajes que hacía en su camión. Una tradición con diésel en las venas. Su amor al volante fue cultivado desde la infancia y así lo vivió, hasta que tuvo una primera y única oportunidad. 

Luego de que su padre le enseñó lo básico y empezó a mover el camión, consiguió trabajo para una empresa de transporte a los 19 años, donde actualmente sigue laborando, pues ahí descubrió una segunda familia.

Aunque inició con una camioneta, desde ese momento empezó a recorrer todo el país, haciendo principalmente mudanzas y aprendiendo y conociendo lo bueno y lo malo del sector, aunque siempre tuvo claridad sobre lo que mejor le convenía para construir una carrera muy longeva.

Ese trabajo, incluso, le dio la oportunidad de convertirse en jefe de Tráfico, ya que hizo los méritos necesarios y pensó que sería una gran forma de seguir aprendiendo, tanto que le duró 10 años, pero el volante siempre lo seguía llamando. 

Así fue como regresó al torton, mudancero, que se convirtió en su segunda casa. De hecho, a bordo de este vehículo le ha pasado de todo, incluyendo historias sobrenaturales. 

Recuerda que alguna vez, hace más de 30 años, sobre la carretera se le atravesó una carreta jalada por caballos, pero sus compañeros de viaje no lo vieron porque estaban dormidos. 

Aceleró para alcanzar a las bestias, pero éstas siempre iban más rápido, hasta que lo logró y justo en ese momento desaparecieron los caballos. Momento exacto en el que despertaron sus colegas, que no vieron nada. Y, naturalmente, no le creyeron. 

Hasta que contó esta historia con otros operadores, en otro momento, y más de uno confirmó que le había pasado lo mismo. 

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Y así es como “El Marroquín” podría contar decenas de historias, como la de su 10-28, que dice que no tiene mucho sentido, ya que algún colega le puso así por cabezón. Y ya. 

Sobre lo más difícil de su trabajo, cuenta que, sin duda, es dejar a la familia tanto tiempo y bajo tantos riesgos: mal comidos, mal dormidos y a expensas de algún accidente o un robo. Un trabajo muy inseguro. 

Sin embargo, también se trata de un oficio muy noble, ya que le ha permitido conocer muchos lugares y también muchas personas, como a las nuevas generaciones que se acercan a él en busca de consejo y procura guiarlos por el mejor camino, lejos de los malos hábitos que aquejan al sector. 

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