Esta es la historia de Toño «El Cometa» Ramírez, un hombre que pasó de arrancar carcajadas en fiestas infantiles a devorar kilómetros por la 57; hoy, con más de dos décadas al volante, no cambiaría su monstruo de 18 ruedas por nada del mundo.
Antonio creció en el barrio de Analco, en Puebla. No era muy bueno para la escuela y tampoco le gustaba, pero tenía un don: podía hacer reír a cualquiera.
A duras penas terminó la secundaria y cuando ya tenía 17 años, un viejo payaso de circo le enseñó los secretos del oficio: el maquillaje, la globoflexia y, lo más importante, el timing para el chiste.
Rápido consiguió trabajo y se puso de nombre el «Payaso Cometa». Cuando le iba bien, conseguía fiestas infantiles, y cuando no, trabajaba en los cruceros más transitados de la ciudad.
Su rutina de malabares con naranjas mientras contaba chistes rápidos sobre el tráfico poblano era famosa. Toño vivía de esto: no era rico, pero le alcanzaba para sus gastos y para ayudar en casa. Amaba la libertad, el maquillaje que lo hacía invisible y el sonido del aplauso, aunque fuera el claxon de un coche apurado.
Hasta que la vida le cambió de manera drástica. Allá por el año 2004, mientras Toño se quitaba el maquillaje en la banca de un, se encontró a un viejo amigo de la infancia, Carlos.
No se habían visto desde los tiempos de la secundaria y se saludaron con gusto, para actualizarse y saber qué había pasado con la vida del otro. Hasta le invitó un refresco para quedarse un buen rato ahí en el parque.
—¿Sigue en las mismas, Toño? —preguntó Carlos, señalando la pintura facial residual.
—Es lo que hay, mi Charly. Me da para vivir.
—Piénsalo, Toño. En la empresa en la que yo trabajo necesitamos operadores. El sueldo es bueno, tienes prestaciones y conoces todo México.
—¡No manches! Yo no sé manejar ni un triciclo, Charly. Esas cosas son monstruos.
—Yo te enseño. Tienes buena coordinación, lo veo en tus malabares. Dame una semana y verás.
La semana siguiente, en un patio de maniobras, Toño se subió por primera vez a un tractocamión Kenworth. El corazón le martilleaba.
Cuando encendió el motor y sintió la vibración del diésel en todo su cuerpo, el miedo se transformó en una extraña fascinación.
Carlos no se equivocó. Toño tenía una percepción espacial innata y una suavidad para los cambios de velocidad que sorprendió a su amigo. Lo que para otros operadores era un desafío, para Toño era como hacer malabares: una cuestión de ritmo y precisión. Descubrió que el volante no era un obstáculo, era su nuevo escenario.
Hacer el cambio de carrera no fue fácil. Toño tuvo que despedirse del “Payaso Cometa», de los niños y de la risa fácil. Pero la promesa de estabilidad y la adrenalina de la carretera pudieron más. Sacó su licencia federal y empezó a trabajar. Eso sí, se trajo e. 10-28.
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Hoy, Toño tiene más de 22 años de experiencia como trailero. Ha recorrido la ruta México-Puebla-Veracruz miles de veces, conoce cada bache de las Cumbres de Maltrata y ha visto amaneceres que ningún payaso de crucero podría imaginar. Su monstruo es impecable.
A veces, cuando está detenido en un semáforo de alguna ciudad lejana, ve a un joven payaso trabajando entre los coches. Sonríe con nostalgia, pero luego mete primera, escucha el suspiro de los frenos de aire y se sumerge de nuevo en su verdadero hogar: el horizonte infinito de la carretera.
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