Luis González nació en 1988 en Nezahualcóyotl, Estado de México. Desde niño, su voz destacaba. No solo cantaba, resonaba. Su voz tenía una profundidad y un eco que llenaban cualquier espacio, desde la sala de su casa hasta el patio de la escuela. Su sueño era sencillo, pero gigantesco: quería ser cantante.

Creció escuchando de todo, desde la cumbia sonidera que ponían en las fiestas de la colonia, hasta los boleros de Javier Solís y el rock pop de los 80 que le gustaba a su papá. Pero su verdadera pasión era la música con alma, esa que cuenta historias.

Con la llegada del nuevo siglo, Luis formó parte de «Los Ecos del Barrio», una banda que tocaba en bodas, XV años y alguna que otra feria local. Su repertorio era variado, pero él brillaba con las baladas y las rancheras.

Durante años, Luis persiguió el sueño. Tocaban en bares, se presentaban en concursos locales, y grabaron algunas maquetas con equipo prestado. La pasión era inmensa, pero el dinero no alcanzaba para vivir de eso, sobre todo porque el tiempo seguía pasando y ya no quiso entrar a la universidad. 

Había noches en las que cantaba con el alma para cien personas y a duras penas ganaba lo suficiente para la gasolina y unos tacos. La frustración crecía, y la pregunta «¿Y ahora qué?» se hacía más fuerte después de cada aplauso vacío de promesas.

A finales de 2014, después de un concierto agotador en el que el pago fue un «gracias» y unas cervezas, Luis se sentó en un banquillo, mirando su guitarra. Se dio cuenta de que la voz que le había prometido el mundo, apenas le daba para sobrevivir.

Fue entonces cuando apareció Ricardo, su amigo de la infancia, que ya llevaba varios años en el transporte de carga.

—Vente conmigo a la ruta, Luis—, le dijo Ricardo una tarde. —Necesitas despejar la cabeza. Y se gana bien, te lo aseguro—.

Luis dudó. ¿Cambiar los acordes por el ruido del motor? ¿Los escenarios por la carretera abierta? Pero la desesperación y la curiosidad eran más fuertes. 

Fue así como en 2015, a los 28 años, dejó la guitarra empolvándose en su cuarto y se subió por primera vez a la cabina de un tractocamión. Desde ese momento, entre la colegancia, fue conocido como “El Artista”. 

Los primeros meses fueron duros. El cansancio, la soledad de las noches y la inmensidad de las carreteras contrastaban con el calor de los aplausos. Pero poco a poco, algo cambió.

Descubrió que el constante rugido del diésel tenía su propia melodía. Era un bajo ininterrumpido que lo acompañaba, y sobre él, su mente empezaba a componer.

Cada amanecer en la carretera era un nuevo escenario, una nueva luz. Los paisajes que pasaban por su ventanilla eran como las historias que siempre quiso cantar: los campos de agave en Jalisco, los atardeceres dorados en Sonora, la niebla en las montañas de Veracruz.

Las voces de otros traileros en la radio de banda civil se convirtieron en su nuevo coro. Los saludos, las alertas de «clima» (policía) o de un «tiradero» (accidente), eran como los llamados de una orquesta.

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Luis no dejó de cantar, pero lo hacía de otra forma. Ahora lo hacía en voz baja, susurrando sus propias canciones sobre la carretera, el viento y los sueños que se transforman. 

Descubrió que la carretera no era un escape, sino un nuevo tipo de escenario, uno donde la audiencia era el horizonte y el director de orquesta, el destino.

«Aquí no hay aplausos, pero hay libertad. Y el motor es mi público más fiel», pensó un día, mientras recorría el desierto de Chihuahua, con el sol cayendo y su voz resonando en el reducido espacio de la cabina.

En la carretera, Luis no solo encontró un sueldo, encontró un propósito. Y aunque no era la fama que soñó de niño, era una vida con más alma, con más verdad. Era su canción.

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