Para profundizar en la vida de don Arcadio «El Roble” García, hay que saber que su biografía es, en realidad, el mapa de la modernización de las carreteras mexicanas. No es sólo la historia de un hombre, sino la de una generación que domesticó el asfalto cuando éste todavía era territorio salvaje. Pionero en el doble remolque.

Arcadio García nació en una montaña de Hidalgo, en 1954, y nunca eligió el transporte, fue al revés. A los 13 años, tras la muerte de su padre, dejó su pueblo en la huasteca hidalguense para trabajar como garrotero de un tío que movía madera en un camión de redilas de los años 50.

Era un trabajo pesado: tenía que bajar del camión en las pendientes pronunciadas para colocar la cuña (un pedazo de madera) si el motor se ahogaba, para evitar que el vehículo se fuera al precipicio. Dormía en una hamaca colgada de cualquier lugar cuando el clima lo permitía, o sobre los sacos de carga, no importaba.

Como suele ser con los operadores de la vieja escuela, don Aurelio aprendió a manejar de oído. Su tío le enseñó que el motor «le hablaba»; le decía cuándo hacer el cambio de velocidad, no por el tacómetro (que no servía), sino por la vibración en la planta del pie.

Así se le fue la primera juventud, mezclada entre la adolescencia rural y el sueño de convertirse en chofer de verdad, en conseguir un mejor trabajo manejando un camión aún más grande que el de su tío. 

Ya para la década de los años 80, cuando el comercio en México comenzó a centralizarse, Arcadio se mudó al Estado de México. Fue de los primeros en operar los míticos Kenworth W900 de nariz larga.

El desafío no fue menor, pues ahora tendría que manejar full. Cuando llegaron los primeros dobles remolques, muchos operadores les tenían miedo. Arcadio, en cambio, se obsesionó con la física del arrastre. Se dice que practicaba la reversa con dos cajas en terrenos baldíos de Tlalnepantla hasta que lograba alinearlos con una precisión quirúrgica.

Nunca usó esteroides ni «pericos» para aguantar las rutas. Su secreto era el café de olla y las rodajas de limón bajo la lengua para mantenerse alerta. Decía que «el que necesita veneno para manejar, es que ya le tiene miedo al camino». Su fuerza desmedida le trajo el 10-28 casi inmortal: El Roble.

Su nombre y su apodo se hicieron leyenda en los paraderos tras un suceso en la carretera a Querétaro en los años 90. Un camión cargado de combustible perdió los frenos y venía directo hacia una zona de obras con trabajadores.

Arcadio, que venía atrás con un remolque vacío, aceleró su unidad, se puso delante del camión sin frenos y dejó que el impacto fuera contra su propia quinta rueda. Usó su motor y sus frenos para detener ambos vehículos.

Destrozó su transmisión, pero salvó la vida de al menos diez personas. Cuando el dueño de la empresa le preguntó porqué lo hizo, Arcadio sólo respondió: El fierro se arregla, el nombre no.

Manos curtidas, con cicatrices de quemaduras de grasa y aceite. Una mirada que siempre parece estar observando el horizonte, incluso cuando está en la sala de su casa. Eso lo ha marcado durante más de 50 años que estuvo arriba de un vehículo de carga.

Es un hombre de pocas palabras pero de sentencias definitivas. Su ética es inamovible: «La carga es sagrada y el camino se respeta».

En 2020 se bajó del camión no porque ya no pudiera manejar, sino porque el mundo digital le quitó la sensación de libertad. «Ahora el camión maneja al hombre, y yo nací para mandar a la máquina», sentenció el día que entregó sus llaves.

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Hoy, don Arcadio vive en una casa que él mismo construyó en las afueras de Pachuca. En su sala no hay trofeos, sino una colección de fotografías de todos los camiones que manejó.

Don Arcadio es el recordatorio de que, aunque la tecnología de 2026 sea necesaria, el corazón del transporte sigue siendo el hombre que conoce el peso de su responsabilidad.

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